Tus manos sostenían un cigarro, pretendiendo estafar a la niñez escondida que bailaba en tus pupilas. Tú querías crecer rápido. Saltarte la línea torcida que tenías escrita en tu mano. Eludir el recreo, y la comba desahuciada de zapatos del número 35. Eras tú, y la cuerda sin saltos, y la agonía de un recreo que te llevaba a la soledad de los extraños. Tú, y las caladas que inmolaban la edad de la inocencia, porque querías ser mayor, y por eso empolvaste tus mejillas con codeína, y por eso anegaste las nanas de la luna con ginebra. De eso, ya han pasado 10 años. Ahora tan sólo te queda el humo que encharca tus sueños párvulos, y un recuerdo que te hace colgar una sonrisa rota en el rostro, pensando en aquel día que la profesora os preguntó qué querías ser de mayor. Tus compañeros se adelantaron: pianista, peluquera, médico… Tú callabas, ofreciendo un silencio como respuesta, y latiendo en tu interior el deseo de ser Superman…. Y volar…. Y escapar del mundo de los incomprendidos…
Y todas mis palabras supuran mentiras, patrañas de verbos amargos y ácidos. Son el nutriente de mi aliento podrido y fétido, de estos días que no tienen historias, ni almas libertarias. Y cada segundo, cada paso, es una capa de cebolla, otra bufanda amante de la soledad. Tu vida son 10 horas encerradas en el calabozo de la torre, allí donde antes de pasar la frontera, antes de acceder, mueren los cuentos por el invierno de las paredes. Las magdalenas del desayuno no gritan sueños. Quieres convertir tu soledad en prostíbulo de emociones. Reclamas con urgencia insolente la llamada de un cupido asesino. Quieres gasolina con óvulos emergentes en la silicona. Y mientras, mientras todo esto sucede mi sonrisa camufla la historia de unas lágrimas con revoluciones perdidas…