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Me aplastan sus gemidos, y sus sollozos de melancolía. Me agobian sus ojos con cuadro de despedida. Comisura convexa de labios con raíles de tren, de mi tranvía a la nueva vida. Las pinzas de la ropa colgaran mi rostro. El prozac secará mi ausencia, y habrá diagnósticos banales, y prospectos sin dialogo. Sí, puede que me abrace al egoísmo, que no entienda a los lazos rosas, ni sepa discernir la sangre con ciruelas, pero me voy. El 20 me voy.
Pequeño coágulo del recuerdo,
Sirio tiene ganada la batalla. Lo colma todo. Todo lo ocupa, y aún en silencio, continúa aplastando estrellas. A las minúsculas. A las microscópicas. Al resto. A las otras. A las burdas metáforas de la galaxia. Y es tarea inútil, robarle besos. Y mientras, el asteroide corrupto busca en los desechos. Y profana bocas de orín, arrancándoles caprichos contaminados de deseos. Les quita ósculos inmorales que le causan arcadas. Y es que lleva demasiado tóxico del ayer en su boca. Anda con los guijarros de Sirio que picotean el futuro de sus huellas, y se distrae contando ovejas de vidrio, y les canta poemas sin rima, con bofetones dulces de luna, y así va emborrachando corazones desiertos y deshabitados, y se va encontrando con ojos suicidas, y así va coleccionado besos falsos con sinalefas de ron.
No merece la pena crear márgenes suicidas cuando tienes todo el cuerpo magullado de bajar pendientes, y sabes que te llevan al estómago de Moby Dick No merece la pena que bordee el precipicio del abismo negro de tus pestañas. No merece la pena que serpentee la orilla de tus labios cuando estoy cansada de ser banco con números rojos, cuando estoy hastiada de tu álgebra de aeronaves con destino al mundo feliz. Ya sabes que el ataúd de tu cuerpo no sirve para invocar al genio de la lámpara, que de nada sirve rezar la oración beduina, cuando mis dientes están carcomidos por el exceso de tu miel, cuando tu saliva no es lejía, ni lleva lisonjas de abalorios dorados, cuando el alambre de tu voz no ayuda a bajar cremalleras. No hace falta que chasquees tus dedos para destruir tus engranajes de algodón. Quédate con ellos, y disfruta “Princesa”.
Llegar al balcón de Julieta tan sólo con tu cordón umbilical es imposible, aunque esa palabra no exista en el diccionario de los sabios. Quizás, es que mi verbo es necio, y copuló con el fracaso. Quizás es que tengo miedo de romper los límites de esa línea del paralelogramo que tienen tus mejillas, y prefiero escuchar el blues del mar sin cuervos, aunque signifique moldear epitafios con letras de musgo. Sí, soy un átomo hosco, solitario y con esquinas que le impiden rodar con fluidez por las calles de Lepizeig. Una partícula con rizos de miedo, que rasca las cuerdas de la guitarra, esperando sacar la fórmula del número Pi. Del infinito. De la libertad. Y espera a que le enseñes a comprender el mundo con el lenguaje binario. Dos números. Tú, y yo. Ahora sólo soy piel, huesos, silencio y ojos. Mi pasado. Mi ayer, fueron toboganes de carcajadas, carruseles de lágrimas, y unicornios lilas que bailaban en dedos de un gnomo de barro. Con los años aprendí que la mejor argamasa para contagiar el sarpullido de la primavera en los brindis de frac es una caverna de té verde. Después, en las sortijas de los árboles encontré tiritas de tisana para tapar los pozos negros, y también halle pepitas de éxito en las catedrales con versos carmesíes, aunque sus gárgolas hubieran escupidos espíritus infames. El presente esta compuesto por un hoy, y una conferencia de sueños. Ellos no entienden de indiferencia, pereza o ambición. Su materia prima es la perseverancia, pues es el mejor antídoto para evitar a su enemigo: el sr. Fracaso.
Todos te corearon la canción de la buena suerte. Son tu oro sulfatado. Ahora tus conversaciones son unidireccionales con cantautores de poemas tristes. Silban biografías que esperan un semáforo en verde. Cada noche le robas a Neruda los versos más tristes, que se escurren entre sábanas empapadas de amores moribundos y corazones estafados. Desayunas despertadores que caminan en la soledad. En la mesa de la cocina te espera la leche de una vaca que no ríe. Tus pasos aún tartamudean en estas calles afligidas por cargar cuentas de ahorro con déficit de rostros conocidos. Espías las arterias de una ciudad que tiene cielo de “panza de burra”. Los paraguas aceleran la tristeza. Persigues saludos sagaces que atraviesen la ración de cortesía diaria. Y quieres que la sonrisa de la panadera se convierta en café con galletas de chocolate. Quieres que la carnicera sea la protagonista de tu nuevo libro. Y compras castañas asadas esperando encontrar en su interior una pegatina con premio: quieres leer “Amistad”, pero debes de seguir rascando. Y mientras discurres por tu fábula de antojos sin óvulos, acariciando tus últimas monedas de oro para comprar un “Hola” con sabor a caramelos de mastranzo, pero te has dado cuenta que el chico que te ha vendido ese paquete de chicles tampoco te acompañara en las calles anónimas de tu mapa para encontrar juntos la isla del Tesoro. Y te miras al espejo, y ves carámbanos en las pestañas. Lágrimas congeladas que no podrás saborear. Te conviertes en mujer líquida Los días se hacen viejos. Huelen a naftalina. Y piensas que el móvil es el flotador de los tiempos modernos, que contiene fascículos para combatir soliloquios, pero tan sólo tienes que girar la cabeza para darte cuenta de la verdad: Sola.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/