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Llamo a la Universidad, con nerviosismo, intuyendo que lo único que voy a obtener será una negativa, otra censura más, pero esta vez mis dotes adivinatorios se equivocaron. Tengo plaza, y me convierto en neófita de las letras. Estoy contenta, y me deleito en sueños futuros, y basiliscos ciegos. Inmediatamente llamo a M. y la informo. Ella, no tarda en declarar su contento, pero yo estoy ausente, corriendo, y sudando toxinas. Aplacando la cepa que llevo dentro. Y requiero de ella, y necesito de ella, y sin saber por qué selló su número en el teléfono. Y vemos como las palabras se resbalan por nuestras bocas, y no hay manos que las atrapen, y nos enredamos en soplos arcános, ignorando el tic –tac del reloj. La batería, mi batería, pone punto y final a nuestra orquesta sinfónica, pero no sin antes haberla prometido un café, una visita a su ciudad negra, pero el destino me tenía previsto un desfalco a mi contrato. Mi corazón completamente agrietado, llorando plasma por los ojos, estallando su eco en mis oídos, enrojeciendo todo mi cuerpo, tiñéndolo de suburbios clandestinos, y de historias recónditas, y trémula, intentando apagar el frío con jirones de telaraña, mientras mi piel enardecía por segundos… Camino a urgencias, con J., con mi compañero de aventuras. Una inyección, pastillas, y relaj. Diagnóstico: un soplo, y aceleración en latidos. Así que visiono una nueva etapa de batas blancas, radiografías, y TAC. Como en mi tierna infancia…
Un día perdido. Otro vagabundo más en el almanaque de fechas rojas. Un domingo sin zapatos de charol, y sin piruletas de colores. Hoy, no hay lazos verdes para la niña del tango, ni para atar el Río de Plata en su mapa de globos. Sus dientes camuflan su dolor. Dispara una sonrisa, un mohín falaz, y mientras su gente duerme en colchones de estrellas…“Es demasiado fácil mentir, y hacer feliz”, piensa. Y ella, entretanto, camina indolente por el hormigón, sin cajas de emociones, ni latas con lágrimas. Una mendiga de la felicidad
La chica sin sombra, poseía a las personas. Las observaba de lejos, en silencio, estrujando el mutismo, y después las conservaba en frascos de olas, con ecos de ciclones. Para ella, el momento más preciado, era el bautismo. Adulteraba sus vidas con nombres vírgenes, deformaba sus hazañas, y les colgaba una mochila con esperanzas de algodones. Y ahora, ella, continua gastando los adoquines, con sus babuchas de cometas, feliz de haber encontrado numerosos guiones de películas.
Me despierto con el aleteo nervioso de una mosca. Desdeño su saludo enloquecido silenciándolo entre la almohada, pero es imposible mitigar la repugnancia que me genera. Me vaticino un día negro, con madejas de cabellos, como su cuerpo, como el miserable insecto que es. Y después sé que me quitaré los parpados, y limpiaré mis ojos con los pies y pondré pegamento en mis manos para recorrer los vidrios de tu casa boca abajo, como un funambulista, como un saltimbanqui de circo barato, de arenas yermas de aplausos, y secas de los excrementos de bestias, pero yo habré cumplido mi propósito: engancharme a ti, pegarme a ti, dulcemente, aunque tan sólo te ocasione molestias…. Así que voy a la tienda “PASIÓN”, con paso decidido, para pedir unas alas. “Fin de existencias”, me dispara el vendedor. Hoy, tampoco te podré recorrer… “Sí, es un día negro”
Compramos nuestro amor en las rebajas. Era una ocasión única, una verdadera ganga. Una oportunidad exclusiva.., y quizá la última. Ambas lo sabíamos, y nos lo repartimos en caricias a duro, besos gratuitos, y miradas sin billetes, pero nadie nos aviso de los perjuicios de la melodía que lo acompasaba: siempre odie los tercetos…
Voy a la pastelería, secuestrada por la nostalgia, y compro dos velas. Quemo el recuerdo, las reuniones de tus futuros perfectos, las fábulas de tus servilletas, y el automatismo de tus eslóganes para comprarme. Los fluorescentes de tus “Te quiero”, ya no iluminan mis calles. Oxidaste las palabras, envileciste los verbos, y asustaste a las promesas. Has sido una asesina de las letras, y de sus disfraces. Querías su desnudez, y que las privará de sus gabardinas de versos, y sus sombreros de copa. Y aborté. Malparí. Y las maté sin escrúpulos. Y te mostré un nuevo óvulo de garabatos. Y él, caminaba descalzo, limpio, impúdico, enseñando su sexo, y bebiste de él, absorbiste su almizcle, su néctar, pero nuevamente sacaste el escarpelo para arrancar ojos, y triturar manos. Pero tú ansiabas más suspiros, y codiciabas más lamentos. Con mirada pagana, vistes como escupía alfileres por mis ojos, y chinchetas desinfectadas de ironía… y recordaste el tonelaje de mis huellas. Siempre mirando atrás… Hoy, tú, caminas entre vacilantes talones, mientras desconoces mis estancias en Grecia, y mis pláticas con Homero. Me ha advertido de las anemias que sufren tus veracidades.
Ayer, el cielo escupió cenizas y cebollas negras, mientras un olor mortecino bailaba al derredor de las farolas, sin el adagio de la gaita. Su flauta no podía babosear el romance de la luna, ni la lágrima del arlequín. Todos sus orificios atascados. Todas sus aberturas taponadas. Todos sus hocicos hinchados de lagunas blancas, tupidos de larvas, y lombrices de escuela. Y su pulmón inhalaba esperanza. Bostezaba al fénix de la savia. Una burda lucha maniquea, que el juglar no entiende, que se le escapa entre los intersticios de sus dedos, y que se zambulle en su iris. Ayer un poeta, preocupado por la disyuntiva interior que cubría su alma, intento ayudarle. Le preguntó sobre su acicate diurno, y fue entonces cuando se dio cuenta que no había un pentagrama en su vida No tenía notas: ni corcheas, ni blancas. Sólo el silencio. Y lo peor de todo es que no tenía más cemento para poder continuar poniendo más baldosas amarillas…
Me han propuesto un nuevo juego, donde soy yo quien impongo las reglas. Soy yo quien puedo edificar la Torre de Babel, o destruir el edén. Soy yo quien lanza el dado al aire con la esperanza que me de una respuesta, que me diga si tengo que avanzar casilla, o quedarme en casa, aunque marque cinco. ¿Dar la partida por perdida? Creo que tendré que valorar las capacidades de mis oponentes, y ver si les sonríe la suerte. Sé que el azar no me contestará, y que aquí no hay cara o cruz, pero no sé si quiero gastarme todo el dinero en la carrera a ese caballo que anda cojo.
Después de haber estado sopesando todas las consecuencias que se pueden derivar del viernes/sábado, he tomado una decisión: no compraré un billete empapado de mentira. “No te pido la luna, tan sólo estabilidad, y seguridad”. Pero no acabas de entender que yo, soy una persona gris, que no tiene un conejo en la chistera para regalarte, que no sé de conjuros ni pócimas mágicas, que tan sólo canto la sinfonía de mis defectos, que tan sólo tengo un pulmón de hierro como aval, y lo pero de todo es que no soportas que, poco a poco, vaya reconstruyendo mi pecera de leviatanes, que yo pueda ir franqueando los ojales de tu camisa, que esquive tus gemidos con un silencio, que no saque mi florete para atrapar la rata, ni hable con las hormigas lulas. Te ofreceré un embuste, una excusa barata, pero no quiero que mi número 23 quede marcado por el dolor.
Me han acusado de témpano, calumniado por construir murallas, difamado por hacer un somero adiestramiento de la ironía económica. También se han querellado conmigo porque no creo en la Eternidad, y pienso en Hoy. Mi entusiasmo volátil, tampoco se ha librado de tales denuncias. La anarquía que rige mis actos, mi habitación, y mi ética, se escapa por los intersticios de sus dedos. Las demandas también circundan sobre mi aspecto desaliñado, y mi austeridad en el trato con la plebe. Alego ausencia de vicios. ¿Ganaré el juicio? Sí, este pleito es mío, (y sin necesidad de Ally Mcbeal.)
Se sentó. Dejó el libro en la mesa: “Te llamaré Viernes”. Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/