M., la mujer invisible, la que silba baladas de peatones, y bebe la facundia de mi daga, ignora el poder del garfio que tiene, del arpón que esconde, y que ha incrustado lentamente en mi dermis. Ella, M., desconoce las emanaciones melifluas que albergan sus palabras. Ella, M., mastica crema de sesos, y digiere responsabilidades, quizá demasiadas, y es que quizá, ese cupón que compro de exigencias la convierte en proscrita, excluyéndola del país de la magia y los querubines. Y mientras, yo, la pequeña, la efeba de la parábola, le gustaría deshollinar sus gabelas, pero no puedo. Las arandelas son de hierro. Reales. Y yo, debo de recordar que tan sólo soy la heroína de un cómic. Una tunanta.
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Autor: mónica
Fecha: 09/10/2004 11:31.
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